Para Dostoievski el hombre no tiene una única dimensión; no se le puede clasificar como bueno o como malo ni alinear con los buenos, o los pobres, o los ricos; malo hoy será bueno mañana

Considera que el hombre, disonancia hecha carne es el campo de batalla de un combate que se reproduce en todos los niveles, religioso, moral, histórico, psicológico, etc., y en el que se enfrentan los mismos enemigos simbólicos Dios y Satán, verdad y mentira, bien y mal, ángel y bestia, el pro y el contra; enemigos simbólicos que nunca deciden el desenlace; se desafían, se confunden, se prestan mutuamente sus máscaras, y llevan al paroxismo el sarcasmo y la ironía de su mutua identidad, su condición de hermanos gemelos y su mutua afinidad.
Por ello, es necesario mirar la misma cosa con mil ojos diferentes; por eso, hay que atreverse a sospechar:
¿No pueden mirarse por el reverso todas las medallas? El bien no puede ser el mal? ¿No puede ser Dios una invención del demonio? Y si nosotros estamos engañados, ¿no somos también engañadores?
Ahora, si bien la sospecha de Dostoievski lo lleva a dudar de la existencia de Dios, es necesario aclarar que su duda envuelve una búsqueda y como toda búsqueda una afirmación Dostoievski no está dispuesto a militar por un mundo sin Dios; sin embargo, su lucidez atormentada le lleva a percibir todas la fuerzas que en este mundo conspiran contra la supervivencia divina; así pues, todas sus dudas son expresadas en forma de argumento por el personaje Iván Karamázov, el hermano ateo, quien se atreve a suponer un mundo sin Dios en el que todo está permitido; para Iván la única ley moral de la naturaleza es el egoísmo, y esto es así porque para él el hombre es cruel por naturaleza.
Nuestra cultura es manipulada por toda clase de sacerdotes; encontramos sacerdotes entre los políticos, entre los maestros, entre los filósofos, los artistas y los científicos. El poder de los sacerdotes se afianza al explotar el afán de seguridad del ser humano a cambio de protección. Dostoievski advierte que se debe desconfiar de cualquier mesianismo, sea el del superhombre o el del reino del perdón y el amor, si no se construye en el suelo de la ambigua naturaleza humana. Ya sea que se interprete como la ausencia o como la muerte de Dios, el horror vacui señalado por Nietzsche tratara de llenar el vacío dejado por la divinidad; al expulsar a Dios de nuestro mundo, el ser humano queda libre de la opresión que suponen los valores absolutos que dicta la divinidad, pero ello entraña la obligación y la responsabilidad de recrear nuevos valores que posibiliten una sana convivencia, sin negar las fuerzas instintivas del hombre y sin desconocer la condición humana, pues es en la condición humana donde se ocultan los resortes del engaño. El ser humano, al ser finito como finitas son sus creaciones no puede confiar, ni admitir, ni crear, valores universales absolutos, que se originen más allá de su naturaleza
Lo que Dostoievski comparte es más que una idea, podríamos decir que es una visión o mejor una intuición, sabe que la razón por sí misma no puede y no hace nada, algo que también supieron Platón, Spinoza, Albert Camus y otros. La esencia y la vida del ser humano se encuentran en otra parte, en una otredad que los griegos llamaron ágape, los hindúes karuna, los taoístas Shui, y que nosotros podríamos llamar solidaridad, aquello en nosotros que nos lleva a reconocer al otro y a compartir lo que le ocurre a ese otro ya sea su dolor o su alegría.
"Es terrible que la belleza no solo sea algo espantoso, sino, además, un misterio. Aquí lucha el diablo contra Dios, y el campo de batalla es el corazón del hombre”
La literatura de Dostoievski, siempre de actualidad, encierra un gran contenido filosófico del que importantes pensadores como Albert Camus o Luigi Pareyson se han hecho cargo. Sin olvidar su compromiso social con los más desfavorecidos, el genio ruso nos introduce con sus obras en los más oscuros misterios del alma humana, envuelta en una inquietante incognoscibilidad
El único tema al que dedicó su fuerza creadora, es el tema del ser humano y su destino.
En la primera parte de Los hermanos Karamazov, Dostoievski escribía que para la tranquilidad del alma del pueblo bajo ruso, torturado de trabajo y dolor y, sobre todo, por la perpetua injusticia y el eterno pecado, tanto suyo como del Universo, no hay más fuerte necesidad ni consuelo que encontrar un santuario o un santo, prosternarse ante él y reverenciarlo.
En sus primeros años de producción literaria, Fiodor no duda en mezclarse con todo tipo de gente, seguro como está de que la auténtica vida, el meollo de la existencia humana, no se encuentra en los salones culturales, que al principio frecuentó, ni en los palacios reales, sino en aquellos espacios donde las personas luchan desesperadamente por mantener una vida que, en muchas ocasiones, parece insoportable, en este sentido, quienes más sufren no encuentran más salida que recurrir a la oración y, en definitiva, a una trascendencia que también a veces parece olvidarse de los más desfavorecidos, a muy parecida consecuencia llegará otro de los grandes escritores rusos, Tolstoi, como podemos comprobar El origen del mal (Este gran cuento más que ilustrarnos las posibles causas del mal, nos hace reflexionar sobre nuestros actos, sobre las cosas que hacen que se despierte el mal en nosotros, que nos comportemos de una manera inapropiada o fuera de lo común, aunque corto será su relato, amplia es la enseñanza que deja en nosotros, pues es un texto que nos pone a valorar la imaginación y a preguntarnos si verdaderamente podemos evadirnos del mal de los demás y especialmente de nuestro propio mal.)


El propio Dostoievski describe a uno de los personajes de Pobres gentes de manera elocuente, “yo soy un hombre inculto, hasta estúpido, si usted quiere, pero, en cambio, tengo un corazón enteramente igual al de los demás hombres”. Las capas sociales menos afortunadas viven bajo el acecho de una incómoda espada de Damocles, sienten que la vida les es otorgada como la pena de un delito que nunca cometieron. Como apunta Luigi Pareyson en su estudio sobre Dostoievski, “la experiencia de la condena y de la prisión le enseñó el carácter revelador de la muerte, del dolor y del delito”.
En Recuerdos de la casa de los muertos, Dostoievski presentaba en su más pura carnalidad los horrores de la vida real, que y en este contraste se juega mucho del pensamiento del ruso, resultan menos espantosos que las ideas hipócritamente imaginadas por la razón universal y la conciencia moral. En Recuerdos asistimos al último intento de Dostoievski por reconciliar ambos polos, en lo sucesivo, se mostrará mucho más tajante, el crimen y el castigo son lo único palpable, y acaso lo único real, de la vida humana. Es por eso que uno de los mayores especialistas en la obra de Dostoievski, Berdiaev, afirmara que “el mal se expía no con un castigo exterior, sino con las ineluctables consecuencias que trae consigo. La ley que culpa al criminal es solamente el símbolo de su destino interior. Los tormentos de su conciencia son para el hombre mucho más espantosos que la severidad de las leyes”.
Representar a un hombre del todo bueno, decía no puede haber nada más difícil, especialmente en nuestro mundo.“¿Es que puede respetarse quien está decidido a hallar placer en el sentimiento de su propia abyección?”
En El hombre rebelde, Albert Camus lleva a cabo un breve pero intenso y condensado análisis de Los hermanos Karamazov, en el que pone de manifiesto la actitud de uno de los protagonistas de la novela, Iván. En la primera parte Libro II de esta obra magistral, Dostoievski ponía en boca de uno de los personajes el siguiente discurso:
… hay en el pueblo bajo un dolor taciturno y muy sufrido, métete dentro y calla, pero hay también un dolor que revienta, rompe a llorar, y en tal instante sale afuera en forma de salmodia… La lamentación consuela únicamente porque cala y penetra más hondo en el corazón,tal dolor ni siquiera quiere consuelo: del sentimiento de su insaciabilidad se sustenta, la lamentación es solo una necesidad de enconar continuamente la llaga.
En vista de este desgarrador sentimiento, que remite a un dolor que se enquista y que se nutre de sí mismo, Iván extrae algunas consecuencias, la primera es que Dios, igual que los hombres, ha de ser juzgado. Camus lo explica magistralmente, “Iván no se remitirá ya a ese Dios misterioso, sino a un principio más alto que es la justicia, inaugura la empresa esencial de la rebeldía que consiste en sustituir el reino de la gracia por el de la justicia” En segundo lugar, argumenta Iván, no hay razón para pensar que solo algunos han de salvarse y recalar en la vida eterna, mientras otros han de arder ceremoniosamente en el infierno, “Solo sé que existe el sufrimiento, que no hay culpables, que todo se enlaza, que todo pasa y se equilibra”.

Sí, la costumbre puede mucho. ¡Diablo, lo que puede la costumbre hacer de una criatura!”. Como en el Aquelarre de Goya, el mal concita a toda la humanidad y crea el imperio de la sinrazón
Iván representa, así, el surgimiento de una completa revolución metafísica, por la que el ser humano se pone en rebeldía frente a un Dios que, como vemos, no todo lo puede, una revolución que viene auspiciada por una de las más obsesivas preocupaciones filosóficas y existenciales de Dostoievski: la omnímoda presencia del mal en la realidad. Frente al ideal positivista, generalmente optimista, que comenzaba a extenderse por Europa en el siglo XIX, Fiodor nos recuerda en palabras de Pareyson “que la realidad del mal y del dolor, del pecado y del sufrimiento, de la culpa y de la pena, del delito y del castigo, constituye desgraciadamente una realidad efectiva e ineludible que confiere a la condición del hombre un carácter eminentemente trágico”.
Aunque quizás exista una salida hacia un bien con el que no topamos materialmente en este mundo, la sinceridad con nosotros mismos. “Que cada uno se mantenga cerca de su corazón, que cada uno se confiese sin cesar. No temáis vuestro pecado ni siquiera teniendo de él conciencia mientras os arrepintáis”, escribía Dostoievski en Los hermanos Karamazov. Todos, en el fondo, somos culpables de cuanto ocurre, de ahí que Fiodor plantee una “solidaridad en la expiación”.

En Los demonios, Dostoievski habla de esta experiencia extramundana, que sin embargo se da en vida, “Hay segundos solo cinco o seis a la vez en que de pronto siente uno la presencia de la armonía eterna plenamente lograda, no es nada de este mundo, no quiero decir que sea algo divino, sino que el hombre, en cuanto ser terrenal, no lo puede sobrellevar. … Si durase más de cinco segundos, el alma no podría resistirlo y tendría que perecer. En esos cinco segundos vivo una vida entera, y por ellos daría toda mi vida, pues lo vale”. Una sensación que muchos especialistas han atribuido a la epilepsia que sufrió Dostoievski, aunque esta “claridad extraordinaria” que “ilumina la mente” por la que se es consciente de una “armonía superior” puede adscribirse a la concepción metafísica del autor ruso.
A pesar del mal y su omnipresencia, el bien puede tener cabida, como explica Pareyson, a través de la virtud más difícil: “el sacrificio, la pureza y la puedan... Saber conciliar la contradicción más imposible: la que existe entre fuerza y debilidad, firmeza y compasión, constancia y paciencia, valentía y mansedumbre”, características que Dostoievski dejó plasmadas en la Sonia de Crimen y castigo, “demostración viviente -apunta Pareyson- de que los herederos del reino de Dios son los niños, los humildes, los publicanos y las pecadores. La debilidad indefensa posee una fuerza indómita comparable solamente a la humildad verdadera y silenciosa”.
Dostoievski fue un autor prolífico, creador de auténticos tipos filosóficos que han hecho correr larguísimos ríos de tinta. Por su importancia para la historia del pensamiento del siglo XIX, merece la pena destacar Memorias del subsuelo (1864), una obra en la que, a juicio de Chestov, oímos “el grito de terror del hombre que, de pronto, descubre haber mentido siempre y hecho la comedia cuando decía que el objeto supremo de la existencia es servir al último de los hombres”. En estas Memorias, que el autor escribe tras las funestas pérdidas de su mujer Maria y su hermano Mijaíl,asistimos al enfrentamiento de Dostoievski con la realidad del mal y, como dice Pareyson, “la mezquindad de los hombres”. Para Chestov, en esta suerte de confesión de un “hombre enfermo” quedan desenmascarados los grandes ideales y participamos de la sincera denuncia de la realidad llevada a cabo por Fiodor.
A juicio de Dostoievski, a pesar de la aparente materialidad con que se nos impone el mundo exterior y físico, este solo adquiere verdadera realidad cuando nosotros, humanos, lo convertimos en el lugar individual donde acontecen la alegría y el sufrimiento, la esperanza y la desesperación. Y es que, como escribiera “Los más intensos placeres se los debemos a la desesperación”.
Así pues, podría concluir que el punto álgido de la reflexión se encuentra en esa intuición y en esa sensibilidad....en la que para él el hombre es un microcosmos, el centro del ser, el sol en torno al cual todo gEnlace V V Goghira, en el hombre está comprendido el enigma del universo y resolver el problema del hombre es resolver el problema de Dios
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