Nunca rindió sus armas frente a la adversidad frente a las infidelidades del marido, frente a las necesidades económicas cuando debía hacerse cargo de una familia numerosa, frente al desprecio de quienes veían en ella una mujer soberbia con aires de grandeza, frente a los poderes establecidos, frente al machismo imperante, frente a los oligarcas que arrebatan las tierras a quienes las cultivan, y en fin, frente a todo atisbo de injusticia
Y es que, ¿qué le importa el mundo a quien tiene la eternidad?
Óleo "La ría de Villagarcía, Sorolla
hizo suyo el nihil novum sub sole del Eclesiastés con versos inmortales, pues
Bien sé que no hay nada
nuevo bajo este cielo,
que antes otros pensaron
las cosas que ahora yo pienso.
Y bien, ¿para qué escribo?
Bueno, porque así somos,
reloj que repetimos
eternamente lo mismo
sus fuerzas nunca desfallecían, su ahínco siempre se mostraba irreverente, tozudo, dolorosamente suave, como en estos versos de En las orillas del Sar
¿Es verdad que todo
para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad
Fue siempre presa de una endeble salud, aunque su fuerte carácter le hizo recobrar fuerzas ante la adversidad
Así describía su estado de ánimo
¿Qué tiene?
Siempre un ¡ay¡ plañidero, una duda,
un deseo, una angustia, un dolor…
Es unas veces la estrella que brilla,
es otras tantas un rayo de sol;
es que las hojas de los árboles caen,
es que brota en el campo la flor,
y es el viento que silba;
y es el frío, es el calor…
Y no es el viento, no es el sol, ni es el frío;
no es…, que es tan sólo
el alma enferma, poeta y sensible,
que todo la lastima,
que le duele todo
En su voz más personal es fácil reconocer el influjo germanista de l gran poeta H Heine brevedad, concisión e importancia y supremacía en la escritura de la subjetividad
El yo poético cobra así especial fuerza
Ninguno tuerce el poder de sus destinos
infaustos o benignos;
ni a ninguno le es dado
renegar de su hado.
Sólo vence quien espera…
Vuelve a vivir y espera resignado
Recoge el sentir gallego y nacional de la época, tan impregnado de sincero pesimismo, como un reflejo de la perenne melancolía..., escribe resignada
las cosas han de ser como las hacen las circunstancias, y si yo no pude nunca huir de mis tristezas, mis versos menos
pues resulta inútil renegar o intentar huir de la particular oscuridad a la que nos hallamos emplazados en distintos momentos de nuestra vida, oscuridad que narra nuestros más hondos deseos y aspiraciones, pero también las más dolorosas penas y vivencias
En vano la vista con temor en lo oscuro
sin cesar vaga;
uno tras otro, instantes silenciosos
pasando van, y silenciosos llegan
otros detrás, en la eternidad cayendo
cual cae el grano en la moledora piedra,
sin que el porvenir velado a los mortales ojos
rompan las pesadas nieblas.
Es que es esa misma lacra anímica la que, a la vez, nos empuja a persistir en una existencia que en muchas ocasiones parece poner todo en nuestra contra, no podemos luchar contra el omnipotente Destino, que trenza sus lazos con una áspera y resistente soga.
Como leemos
vamos en busca de lo nuevo porque no nos ha satisfecho ni llenado lo que hemos ido dejando atrás; porque hay una fuerza interior que nos impele a ir más lejos, siempre más lejos, en busca de aquello a que aspiramos, de nuestra otra mitad, del complemento de nuestro ser”. Pues al fin, con tintes que preconizan a Unamuno, se pregunta Rosalía
“¿Quién que haya de morir no quiere morir esperando?”.
El tono íntimo y lo desgarrado de sus versos expresan con fuerza la desesperanza que, sin embargo y finalmente, trae esa espera. Rosalía murió rodeada de los suyos, expresando con sus últimas palabras su deseo de ver el mar pues pensaba que ni siquiera esa muerte, el fin ora temido, ora esperado, podría traer la felicidad o el descanso, pues deja tras de sí un dolor sin igual en quienes aman al que se despide
Así, escribía
Y para siempre ¡adiós cuanto quería!
¡Qué terrible abandono!
Entre cuantos sarcasmos
hay, ha de haber y hubo,
no vi ninguno que abata más a los vivos
que el de la humilde quietud de un cuerpo
muerto
Ya ni rencor ni desprecio,
ya ni temor de mudanzas;
tan sólo una sed…, una sed
de un no sé qué, que me mata.
Ríos de la vida, ¿dónde estáis?
¡Aire!, que el aire me falta.
-¿Qué ves en ese fondo oscuro?
¿Qué ves, que tiemblas y callas?
-¡No veo! Miro, cual mira
un ciego la luz del sol clara.
Y voy a caer allí donde
nunca el que cae se levanta.