Reflexión sobre el lenguaje y nuestra relación con él (El síndrome de Madame Bobary)

Flaubert, las pasiones y su inmortal "Madame Bovary" "Emma se parecía a todas las amantes; y el encanto de la novedad, cayendo poco a poco como un vestido, dejaba al desnudo la eterna monotonía de la pasión que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje".
La reflexión sobre el lenguaje es constante en el pensamiento occidental, ha sido abordado desde muy diferentes perspectivas, de la palabra nos han hablado los magos y cabalistas, los teólogos, los gramáticos, los retóricos, los lingüistas, los místicos, los filósofos, los poetas... todos, para hablarnos de la palabra, han tenido que utilizar palabras, la palabra creadora de mundos, la palabra portadora de la verdad, la palabra seductora, la palabra falsa, la palabra culta y la palabra llana, la palabra que aclara y la palabra que esconde, la palabra olvidada y la palabra viva. La crisis del pensamiento que caracteriza a la actualidad es también la crisis de la palabra, el vínculo que unía a las palabras con el mundo se va resquebrajando y cada vez se hace más necesario reflexionar sobre lo que antes parecía tan evidente. Es necesario que se produzca el silencio del mundo para que seamos conscientes de que la palabra nos pertenece, el silencio, fuerza en expansión, va comiendo terreno a la seguridad que la palabra había servido para mantener.
La palabra no puede hacer justicia al mundo porque no puede contenerlo, Occidente ha construido su historia sobre la persecución de la "Idea", es decir, ha abandonado la multiplicidad de la vida, lo efímero de cada instante, el movimiento constante de la vida, por lo universal, abstracto y perenne de la idea. Ha preferido agarrarse a "lo inmutable" como realidad última, y ha cerrado los ojos a la auténtica realidad, que es la de la eterna mutabilidad.Aquel que desee que la vida se detenga, aquel que desee atrapar el instante, está condenado, y el mundo le dejará atrás en su imparable devenir. Cualquier intento de comprender el mundo, es decir, ponerle límites, es un acto artificial que falsea la realidad, que es puro movimiento. Para poder comprender, para satisfacer nuestro ansia de conocimiento, hemos creado una apariencia de estabilidad, de orden, que se cristaliza en el lenguaje.Lord Chandos eligió el silencio, como también lo eligió el propio Hofmannsthal. Al igual que, pocos años antes, había desaparecido en el silencio el más brillante y revolucionario de los poetas franceses del siglo pasado, Arthur Rimbaud.
Flaubert no eligió el silencio, escogió reflejar el vacío y, a la vez, la plenitud, de la palabra, ella ya no es la "verdad", ni su instrumento, ni su portadora. ¿En que medida podemos expresarnos a nosotros mismos, en qué medida el lenguaje hace justicia al mundo? ¿No seremos nosotros también una apariencia que el lenguaje hace aparecer sólida? Flaubert percibió que el mundo, socialmente hablando, que nos rodea no está construido con realidades sino con tópicos, es decir, el mundo es el lugar de las palabras ya dichas. A diferencia de Balzac, a diferencia de Zola y los demás naturalistas, Flaubert no pretendía explicar el funcionamiento social, sino limitarse a recoger el tejido verbal que lo compone. A la materialidad del mundo se superpone el envoltorio verbal que lo hace ser humano y social. El hombre se apropia del mundo a través del lenguaje y es de ese mundo apropiado, humanizado, del que se ocupó Flaubert.Los hombres crean discursos y, a la vez, son creados por ellos. Hombre, discurso y mundo es la trinidad básica en la que la palabra ocupa el lugar de intercambio. Las palabras acogen las cosas dándoles una vida que no les es propia, sino añadida, nos movemos entre discursos que instauran las concepciones del mundo, que lo reordenan dándole sentidos diversos y, con frecuencia, contradictorios, así que descubrió la necedad, necedad que no desaparece ante la ciencia, la técnica, el progreso, la modernidad, por el contrario, con el progreso, ella progresa también. Flaubert escribe "la palabra es un laminador que prolonga todos los sentimientos" frase que sirve para explicar, al menos desde un determinado aspecto, el significado de la novela y mostrarnos el valor que Flaubert le otorga al lenguaje desde la perspectiva de la persona, por un lado, y desde la de la sociedad, por otro. Para comprender plenamente su sentido una breve descripción de su contexto en la novela.
La acción que nos muestra Flaubert es el reencuentro de Emma Bovary con León, el pasante de abogado, antiguo admirador, que, tres años antes, había sido incapaz -+por timidez, por falta de experiencia de dar los pasos decisivos que posibilitaran la conquista amorosa. Ahora, el tiempo ha pasado, León y Emma han ganado experiencia en el juego amoroso y, siguiendo un ritual, se lanzan a la conquista el uno del otro.
Emma y León comienzan un juego de seducción verbal en el que la palabra es el arma, no se dicen lo que sienten, sino lo que el otro quiere escuchar, el discurso amoroso, aquí, no es portador de un sentimiento sincero, sino un artefacto retórico cuyo objetivo es la seducción, la conquista del otro, este artefacto retórico evoluciona, en cuanto discurso, según las reglas que implícitamente cada uno de los contendientes va mostrando al otro. No es, pues, un juego en el que uno de los dos deba ganar en perjuicio del otro, no es un juego en el que existan un seductor y un seducido, sino que, por el contrario, es el seducido -seducida, en este caso el que va dando las pautas a su seductor para que realice su conquista.
El discurso amoroso se nos muestra como algo vacío, superficialidad sin sentimiento, apariencia de una pasión inexistente puesta al servicio de unos objetivos de conquista mutua sometida al ritual del galanteo
"La palabra lamina el sentimiento", nos dice Flaubert, la acción de "laminar" es someter a presión un determinado material, generalmente un metal, para que éste aumente su superficie. Laminar es prensar para que algo inicialmente pequeño aumente en su extensión. El discurso amoroso es la laminación del sentimiento. El sentimiento es sometido a presión y, traducido a palabras, a discurso, aumenta su apariencia. La lámina resultante tiene una gran superficie, pero su espesor es mínimo. Ante la mirada parece haberse agrandado, parece que ese pequeño pedazo de metal ha adquirido unas dimensiones extraordinarias, pero su masa es la misma, la palabra laminadora extiende ese pequeño núcleo del sentimiento y, convertida en discurso, aparenta mediante su extensión una densidad de la que carece.
Lo que hacen Emma Bovary y León es laminar, extender, utilizar las palabras para fabricar un discurso amoroso que es sólo superficie, extensión frágil y sin profundidad. Cuanto menor sea el núcleo sentimental, mayor presión necesitará para poder aparentar, por medio de las palabras, su densidad.
Lo que podría ser una característica del discurso amoroso o de seducción, al analizar la novela flaubertiana, comprendemos que se extiende a todos los discursos sociales, podemos comprobar que esta acción laminadora se da en los discursos de los políticos, en los discursos científicos, en los comerciales, prácticamente en todos los ámbitos de la vida social, al igual que los amantes se seducían por medio de la palabra, aparentando un sentimiento que no poseían, los discursos políticos buscan la seducción de los votantes, los científicos convencer de la posesión de una determinada verdad y método, y los discursos comerciales la adquisición de sus bienes por los compradores. Todos ellos buscan la seducción de los otros. Detrás de sus discursos, palabra laminadora, no se encuentra la verdad sino el deseo de seducción. Apariencia de verdad y no verdad. Deseo de verdad y no verdad. Es lo que Michel Foucault, siguiendo la idea nietzscheana de "voluntad de poder" , denominó "voluntad de verdad", el deseo de imponer nuestro discurso como verdadero a los otros. Flaubert logra mostrar esta presencia generalizada de la falsedad discursiva en la magistral escena de los comicios en la que entremezcla las voces de los discursos políticos, comerciales y amorosos, mostrando, por confluencia en un mismo espacio y tiempo, su vaciedad.
La palabra, el lenguaje parecen estar destinados, en el pensamiento flaubertiano, al encubrimiento de la realidad, no hablamos tanto para mostrar como para ocultar o, si se prefiere, para mostrar lo que no somos. El lenguaje posibilita proyectar el deseo sobre los otros, y quizá el mayor deseo sea el de ser, el de tener entidad, espesor. Si el lenguaje sólo tiene sentido entre dos, aunque sea en el diálogo con uno mismo, lo que proyectamos al otro o lo que nos decimos no es tanto una verdad del ser como una lámina del querer ser o del aparentar. Queremos que lo que nos decimos sea nuestra verdad.
Porque, ¿qué quiere, en el fondo, decir Flaubert? Algo muy complicado y, a la vez, muy sencillo. Algo que ciertos pensadores nos están diciendo desde diversas perspectivas hoy en día: que el lenguaje sirve para encubrir un gran vacío, que los hombres nos vestimos con las ropas del lenguaje para tapar nuestra desnudez existencial, de ahí que el análisis del lenguaje haya pasado a ser uno de los ejes básicos del pensamiento filosófico contemporáneo.
La vieja formulación cartesiana del "pienso, luego existo", ha sido sustituida, por la de "es ego quien dice ego" o en otra formulación recogida por Julia Kristeva, "hablo y me oyes, luego existimos". Pienso, sí pero pienso con palabras, nos definimos no como sapiens, sino como hablantes y estamos condenados a decirnos sin cesar para poder alcanzar la dimensión del ser, es en el lenguaje en donde nos reconocemos, en donde nos formulamos, en donde existimos humanamente, es en el lenguaje en donde amamos y en donde odiamos; en donde comprendemos y en donde olvidamos: nuestro ser eso que llamamos ser, en definitiva, es verbal.
La verdad del ser, podemos decir, es la presencia de su discurso. Nuestro deseo es olvidar esa delgadez de la lámina y conferir una densidad e intensidad a lo que, a priori, puede ser sólo apariencia.
Creemos que la verdad es transmitida por la palabra, que la palabra es el envoltorio de algo realmente existente, la idea o el sentimiento. Emile Durkheim, al comentar las ideas de Montaigne con respecto a la posición del lenguaje en la educación, señala que para el pensador renacentista,
la lengua es el vestido de la idea, pero es un vestido cuyo papel consiste en dejar transparentarse lo que recubre, su principal cualidad, la única que tiene un verdadero valor, es la transparencia. La palabra sólo es útil, sólo cumple su oficio cuando deja aparecer la idea claramente, y va contra su objetivo cuando quiere brillar con un resplandor profuso que atraiga toda la atención sobre ella.
Esta posición es característica del pensamiento racionalista occidental y lleva a un desprecio de la palabra en favor de lo que se supone que hay detrás. Pero, ¿y si detrás no hay nada? Las palabras, según Montaigne, deben dejar transparentar lo que hay detrás, cuando se vuelven opacas, oscuras, impiden el acceso a una verdad que se supone fuera de ellas, sin embargo, tras las palabras sólo encontramos otras palabras, tras los discursos otros discursos: un proceso de semiosis ilimitado, los discursos no nos remiten a otra cosa que no sean discursos, todo signo remite a otro signo, nos dicen los semióticos, esta es la base de la cultura, decía Nietzsche que toda palabra es un prejuicio, que es como decir que toda palabra está llena de palabras, el discurso amoroso de Emma y León no nos remite al sentimiento, sino a discursos amorosos literarios aprendidos con anterioridad, hay una máxima del Duque de LaRochefoucauld que expresa a la perfección este proceso de regresión discursiva, "hay gentes que no se hubieran enamorado jamás de no haber oído hablar del amor.»
El amor, algo que entendemos como un sentimiento auténtico, nace de las palabras, es necesario haber oído hablar del amor para sentirlo, porque sentirlo reconocerlo es ya verbalizarlo, por eso los poetas, los artistas, nos enseñan a amar, igual que los pintores nos enseñan a contemplar y amar el paisaje.
Nuestro mundo es un mundo construido verbalmente, una realidad laminada, en la formulación foucaltiana, las sociedades, las culturas son tejidos de discursos que regulan el fluir human, nos movemos entre discursos en los que buscamos acomodo, el drama humano es la misión imposible de buscar la palabra propia, la liberación del discurso ajeno, porque los discursos pueden ser enriquecedores o limitadores. Las sociedades, los individuos, luchan por fabricar discursos con los que poder convivir, que ese drama humano y social, al que hacíamos referencia, sea lo menos traumático posible. El amor del que parte Flaubert no sería una presencia, sino una metáfora, una construcción para nombrar lo innombrable. Al escritor no le interesan los sentimientos, la realidad en su conjunto, le interesa jugar con los elementos lingüísticos, los hombres no hemos creado la realidad, hemos creado el lenguaje y hemos creado los vínculos que atan a las palabras con las cosas, los sentimientos, dolores y conceptos no son "cosas", sino que entran en una categoría muy distinta, podemos nombrar lo exterior, lo que nos encontramos dado, pero hay muchos otros ámbitos en los que manejamos las formulaciones verbales como si lo fueran. Y es ahí donde Flaubert deja al descubierto su esencia lingüística. El amor, palabra única, es todo aquello que cada uno siente y que denomina como tal, la verdad es todo lo que uno alcanza, la felicidad se rellena con los sueños.
El antropólogo americano Clifford Geertz explica este proceso de construcción de la expresión del sentimiento de la siguiente forma,
"para formar nuestras mentes debemos debemos saber qué sentimos de las cosas; y para saber qué sentimos de las cosas necesitamos las imágenes públicas del sentimiento que sólo el rito, el mito y el arte pueden proporcionarnos".
Ello implica la existencia de un cuerpo de codificaciones del sentimiento, un repertorio de formulaciones en las que encajamos lo que de por sí es inefable. Los "grandes sentimientos" son en realidad "grandes expresiones" de eso que denominanos sentimiento, no existe expresión directa del sentimiento, o sólo existe el grito, de placer o de dolor. La metáfora está presente en la exteriorización del sujeto como elemento básico. Esto significa que nos construimos en cuanto sujetos, que nuestra realidad, en cuanto tales sujetos, es un conjunto de metáforas, eso que Geertz denomina "imágenes públicas". Puestas a nuestro alcance, esas imágenes nos enseñan a sentir o, al menos, a codificar nuestros sentimientos.
La afirmación de La Rochefoucauld , algunos no se enamorarían de no haber oído hablar antes del amor, concuerda con lo dicho. ¿Qué es la historia de Emma Bovary sino el drama de quien ha obtenido una imágenes equivocadas, de quien se ha forzado a sí misma a vivir hasta el final las más enloquecidas expresiones del sentimiento? Queriendo ser auténtica, Emma Bovary se ha convertido en un ser plagado de metáforas, de discursos, tal como Bouvard y Pecuchet se llenaron de teorías científicas, queriendo ser sublime, Emma se hundió en lo grotesco. La ingenuidad de Emma la lleva a creer que tras las metáforas expresivas del amor se encuentra una realidad que intenta reproducir desesperadamente en ella misma.
Pero Flaubert no achaca el problema a la metáfora, de hecho, la defiende abiertament, como creador que es, defiende la metáfora creadora frente a la metáfora gastada. El esfuerzo no es el del sentimiento, que es el que es, sino el de la creación de la expresión. Es a través de esas metáforas como es posible formalizar el sentimiento. Vamos buscando nuestras propias metáforas para encontarnos a nosotros mismos, para encontrar nuestra supuesta esencia, cuando lo que hacemos realmente es construirnos a través de la palabra, darnos nuestra propia forma y sentido. En el lenguaje nos encontramos a nosotros mismos, en nuestra autenticidad o en nuestra falsedad.Lo que el escritor el artista hace es ofrecer nuevas metáforas, no nuevos sentimientos. Hay una carta reveladora de Flaubert a Louise Colet, de 1846, en la que muestra su visión del trabajo literario
... He escrito páginas muy tiernas sin amor, y páginas ardientes sin ningún fuego en la sangre. He imaginado, he recordado, he combinado. Lo que has leído no son recuerdos de nada.
Aquí defiende Flaubert la "autenticidad" y, a la vez, la "vaciedad" de la metáfora, expresión del amor sin amor, es aquí en donde debemos encontrar la explicación de la doctrina de la impersonalidad del arte, del distanciamiento, el concepto romántico de la escritura, en su vertiente más tópica, se viene abajo. La metáfora auténtica no es la que tiene un referente real, sino la que consigue su objetivo. No existe falsedad en lo ardiente de la expresión porque no haya nada tras de ella, ella misma es la que ofrece su autenticidad, autenticidad del discurso en sí mismo. La diferencia estriba en el desgaste de las metáforas, el artista, obligado a buscar entre el lenguaje, se lanza a la creación de nuevas formas de expresión. Flaubert no buscaba crear nada, buscaba la "palabra justa", la palabra ajustada, correspondencia entre la intención y su expresión. No busca transmitir lo que no siente, sino crear lo que no necesita sentir. El mito del poeta atormentado, del poeta insatisfecho, del sufrimiento como motor de la creación cae en beneficio del artífice, del trabajador de la materia poética, que deja de ser el sentimiento o la realidad material para pasar a ser el lenguaje.
Con Flaubert, el lenguaje deja de ser el medio para pasar a ser el origen y el fin. La realidad es material y lingüística, es dada y recreada. El poeta inventa y, porque inventa, crea, pone en circulación metáforas, formas que es posible amar por ellas mismas y no por lo que supuestamente transmiten.
Nos deja con un problema, el del autoengaño, el construirnos sobre las palabras que nos ofrecen mayor satisfacción, quizá nunca mintamos más que cuando nos definimos a nosotros mismos, al definirnos, buscamos aquellas palabras en las que nos acogemos. Nos decimos y, al decirnos, nos limitamos, nos damos un carácter de entidades cerradas, es decir, presuponemos un "yo" -otra de las grandes palabras de Occidente-, estable, que se define desde una serie de parámetros concretos. Emma Bovary se construyó un ser poetizado, un ser que se definía por su deseo de emulación de esas heroinas literarias que no estaban compuestas más que por palabras. En su autoengaño, Emma se convirtió en un ser vacío, tan vacío como las palabras con las que rellenó su vida. Discursos falsos sólo pueden engendrar falsedades; adherirse a lo falso, a lo gastado, a lo falsamente auténtico, al tópico, equivale a renunciar a la búsqueda de un discurso propio, renunciar a un decirse auténtico. Nosotros no inventamos el lenguaje, tan sólo lo usamos. Pero la palabra permite la búsqueda cuando se aleja del tópico. El tópico, ese discurso predefinido, no sólo no nos revela, sino que nos encubre. Nos da una solución prestada a nuestra definición. La lucha con las palabras es dura. Las expresiones "me faltan palabras para decir..." o "no puedo decirlo con claridad..." presuponen la existencia de algo que no logra transpasar su condición de idea o sentimiento para poder tomar cuerpo en el discurso. Lo "inefable", lo "indescriptible", adquiere un estatus superior a lo que sí puede ser dicho. Así, hablamos de una "belleza indescriptible", de un "sentimiento que no puede ser encerrado en palabras", etc. Todas estas expresiones parecen señalar que "lo que se quiere decir" es superior a "lo que puede ser dicho", que "las palabras no hacen justicia", "se quedan cortas", como se suele decir.La expresión contraria, "eso son sólo palabras" manifiesta la vaciedad del discurso. Es el camino que escoge Flaubert, porque ¿qué es la literatura sino "sólo palabras"? palabras que buscan alcanzar su belleza en un discurso cuyo fin es la belleza misma, la palabra literaria es la estilización de los múltiples discursos, las palabras de Emma son falsedades, el discurso que acoge las palabras de Emma, en cambio, puede ser verdadero porque su finalidad es otra, las palabras son las mismas, pero cambia su finalidad porque cambia su contexto y su intención. Flaubert se planteó el gran reto de querer construir un texto literario con seres vulgares que decían discursos vulgares y falsos, queriendo destruir una literatura que se basaba en la autenticidad de las afirmaciones , la literatura que había seducido a Emma, Flaubert intentó reproducir fielmente esa vaciedad, ¿por qué puede ser una obra maestra un texto lleno de palabras vacías, de diálogos triviales, de seres falsos? Sí y precisamente porque es ahí donde está el valor revelador del auténtico arte. ¿Cómo se puede "escribir bien lo mediocre", se pregunta Flaubert? ¿Cómo escribirlo bien sin modificarlo, sin que deje de mostrarse total y absolutamente mediocre y falso? la obra de Flaubert es arte porque revela en sus páginas la misma vaciedad que reproduce, no la la oculta, no la disfraza.logra el equilibrio perfecto entre los discursos recogidos y su reproducción estética. Lo que sonaría a nuestros oídos en la vida real como pura palabrería, como charla intranscendente, se transforma en discurso literario y alcanza su pleno valor estético.
Nos queda, para terminar, un último punto: la difusión de los tópicos. Flaubert no pudo ni si quiera soñar con el alcance y efecto de los medios de comunicación de los que hoy disponemos. Milan Kundera sí, y se refiere al «irresistible incremento de las ideas preconcebidas que, una vez inscritas en los ordenadores, propagadas por los medios de comunicación, amenazan con transformarse pronto en una fuerza que aplastará cualquier pensamiento original e individual y ahogará así la esencia misma de la cultura europea de la Edad Moderna» (19)
Si el descubrimiento de Flaubert es correcto -el que la necedad tiene su camino paralelo junto al conocimiento-, los medios de los que hoy se dispone permitirían que los tópicos se instauraran con mayor rapidez. Es decir, al igual que hoy los conocimientos se pueden comunicar masivamente, también, por los mismos medios, se puede canalizar el no-pensamiento.
Hemos afirmado anteriormente que el mundo puede ser entendido como un complejo tejido de discursos diversos que luchan por imponerse. No es un problema de competencia entre ellos, es un problema de imponer una forma de relacionarse con lo que nos rodea, es decir, de imponer uno de ellos como verdad. El sentido crítico de Flaubert le permitió reconocer el tópico bajo la apariencia de esa verdad.
Si algo podemos aprender de Gustave Flaubert es a recelar de los discursos, a recelar de lo que parece ser verdad, y, sobre todo, a recelar de lo evidente. Las cosas suelen ser fáciles de explicar cuando la explicación es fácil, pero en el tejido de lo obvio siempre hay fisuras que, si se logran agrandar, permiten el paso de la luz. Flaubert reflejó lo que oía, pero nos hizo percibirlo a través de un nuevo cristal que eliminaba las imperfecciones de los anteriores. Su mirada -y con ella la nuestra- saltó por encima de los prejuicios, de los tópicos, de todo aquello que hacía que el pensamiento no fuera libre en su avance. El consejo que le dio a Guy de Maupassant es válido para todo aquel que cuenta el mundo, literato o informador.
Hay, en todo, algo inexplorado, porque estamos habituados a no servirnos de nuestros ojos, sino con el recuerdo de lo que se ha pensado antes que nosotros sobre aquello que contemplamos. La menor cosa contiene un poco de desconocido, encontrémoslo, para describir un fuego que llamea y un árbol en una llanura, permanezcamos ante ese fuego y ese árbol hasta que no se parezcan ya, para nosotros, a ningún otro árbol y a ningún otro fuego.
Si lo queremos traducir a nuestras circunstancias, diremos, miremos la realidad con tanta atención que logremos olvidar la costra que formaron las palabras dichas sobre ella, mirémosla hasta que broten nuevas palabras que nos ayuden a decir cada día el mundo, mirémosla hasta que la verdad que encontremos sea, al menos, la nuestra.

Extracto ensayo de JM Aguirre Romero
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