La felicidad se debate en sempiterna lucha entre la aparente libertad y el más férreo determinismo

Antón Chéjov, por Osip Braz, 1898
La subjetividad es algo terrible pues remite a un encontrarse en la que la indiferencia resulta del todo imposible acabando por horadar en y hacia lo más íntimo, una llamada a la libertad, que sin embargo se ve eclipsada permanente y violentamente por un duro y palpable determinismo

si nos miramos bien y nos fijamos en nuestra vida los avatares se repiten sin cesar en una cadena peligrosamente circular y acaso eterna. Lo esférico, como ya dijo Schopenhauer, es la figura en la que se desenvuelve la naturaleza. Así, Chéjov escribe en Las tres hermanas "Después de nosotros se volará en globo, las chaquetas cambiarán de forma, quizá se descubra el sexto sentido y lo desarrollen, pero la vida seguirá siendo la misma, difícil, llena de misterios y feliz. Y dentro de mil años el hombre suspirará, como ahora: “¡Ah, qué penoso es vivir!”, y al mismo tiempo, exactamente como ahora, tendrá miedo a la muerte y no la querrá. … La vida no cambia, siempre es la misma que va parar a una determinada concepción antropológica que toma la forma de una revolución en contra de Tolstoi. Si para éste el hombre se redime a través del trabajo (incluso del sufrimiento, de la asunción de las propias penas), y la auténtica moralidad acaba por imponerse en el corazón del hombre, para Chéjov, al contrario, todo esto no es más que pura ilusión. En una de las cartas enviadas a su editor, escribe Chéjov que “la moral de Tolstoi ha dejado de influenciar”, y más aún, en un texto bellísimo:

"Escriba usted un relato de cómo un joven, hijo de un siervo, que ha trabajado en una tienda, que ha cantado en el coro de una iglesia, estudiante en un instituto y en la universidad, educado en el respeto a los grandes títulos, enseñado a besar la mano a los sacerdotes, a someterse a las ideas de los demás, a dar las gracias por cada pedazo de pan, apaleado muchas veces, obligado a ir a la escuela sin chanclos, cómo este joven, después de tantos sufrimientos, elimina gota a gota el esclavo que lleva dentro, y cómo un buen día comprueba que por sus venas ya no corre sangre de esclavo, sino sangre de verdad, sangre humana".
Así, en el hombre, y más concretamente en el trabajador angustiado por sus condiciones de vida, existe una definitiva escisión de base que le impide recomponerse de una sola pieza; su yo se convierte en un auténtico infierno, en un puzzle imposible de rehacer o, más incluso, que ya hecho se siente inconcluso, falto de piezas. De ahí la furibunda crítica que Chéjov lleva a cabo sobre la idea de progreso, el capitalismo, más que incipiente en su época, imposibilita que el ser humano sea redimido de su condena social, que se une a la existencial o antropológica.
La existencia del hombre está marcada a fuego, por tanto, por la imposibilidad del retroceso (para reconducir el pasado) y de la antelación (lo impreciso del porvenir). Lo fundamental en Chéjov es la conciencia de lo limítrofe:, el hombre es el ser del límite, de ahí la necesidad de concentración, de iluminación del yo mediante la brevedad. Chéjov trata de dar con este límite, de exponerlo e incluso asediarlo. Sus personajes no son grandes por lo que son, sino por la conciencia de sí que poseen. “Nada pasa” pero a la vez, “todo pasa”, “Todo pasa, y pasará también la vida; por tanto, nada hace falta. O hace falta sólo tener conciencia de la libertad, porque cuando el hombre es libre no necesita nada, nada, nada”.
Portada de la primera edición de Las tres hermanas con los retratos de las actrices del estreno teatral, 1901.
La libertad queda traducida en un desvelamiento o descubrimiento radical del sí mismo, que choca de manera constante contra una realidad que recuerda mucho al en-sí de Sartre, a la molicie inamovible frente a la que la propia libertad nada puede hacer (pensemos en los cuadros de parajes helados de Caspar-David Friedrich).
Ante este hecho, sólo resulta posible huir hacia “lo maravilloso”, hacia el arte. Chéjov se centra en pequeñas miniaturas de la vida donde notamos que ésta “pasa”. Pero a pesar de la nihilidad de tales momentos, de su fugacidad, a la vez cada uno de ellos va dejando un rastro, una huella que se traduce en recuerdo y, a la postre, en emociones que poder evocar. Es por eso que uno de los únicos alivios que le es dado al hombre en su vida es la piedad, la conmiseración con sus semejantes.

Chéjov desnuda el alma humana a fuerza de desterrar de sus creaciones a la acción, en pos de una disección del presente, único lugar en el que puede encontrarse la eternidad.Por mucho que haya sabios e intelectuales que hablen de la miseria humana, mientras sean sólo unos pocos los que detenten el poder, no existirá solución. Como apunta Nabokov, los relatos de Chéjov nunca acaban al finalizar la historia, mientras los personajes sigan vivos, no hay conclusión posible. De alguna manera, muy al hilo de lo sostenido por Philipp Mainländer, la redención sólo es posible con el fin de la vida, con la muerte.
Frente a lo ingrato de la existencia, tanto Chéjov como sus personajes buscan consuelo en la naturaleza, en un guiño intempestivo hacia Rousseau. La naturaleza ofrece todo lo contrario del bullicio de la ciudad, del ruido mundanal. Hemos de encontrar una serenidad o contención ante la perpetua agitación de los asuntos humanos. Aunque, también como sucede en Schopenhauer, Chéjov asegura que el tedio es el otro polo, igualmente nefasto -junto al dolor y el sufrimiento-, de la vida humana. De nuevo la libertad se da de bruces consigo misma: estar arrojados a la vida implica aceptar la dinámica a la que ésta nos expone, que, paradójicamente, se traduce en la obligación de vivir.
Chéjov se encuentra muy cerca del poeta Novalis, es en las catacumbas del yo donde se fraguan nuestros deseos y ambiciones, es en la oscura noche donde (si existen) encontramos el bien y el mal. Sin embargo, aunque la existencia se base en el secreto, en lo subterráneo, es necesario actuar en el mundo, salir a la palestra, en un gesto del todo arendtiano. De nuevo la libertad encuentra nuevos cercos a su desenvolvimiento: en esta ocasión, el cerco social, el de los convencionalismos y la pragmática kantiana. Es por eso que Chéjov, aunque reconozca la “maravilla” del arte, le exige en cambio que muestre sin temor la realidad tal como es, escapando de la mentira y el embuste
En definitiva, Chéjov intenta poner orden allí donde todo parece remitir al caos. En una de sus cartas explica que todo está hecho “de horrores, preocupaciones y mediocridades que cabalgan unos tras otros”. La pregunta de Chéjov a sus lectores es, pues, la de si es posible imprimir cierta racionalidad, cierto orden, a tan pérfido e inerme panorama. En “Terror”, de 1892, observamos tales características en todo su esplendor, la incomprensión sobre cómo funciona el mundo se convierte en la auténtica y verdadera angustia, en el abismo inescrutable
la felicidad humana siempre han estado mezclados con elementos de tristeza y ver a una persona dichosa, da una sensación penosa, próxima a la desesperación.…pues en esta vida solo hay el descaro, la ociosidad de los fuertes, la ignorancia, la bestialidad de los débiles, la tiranía, pobreza insoportable, apreturas, degeneración, embriaguez, Hipocresía, Mentiras… Entretanto en todas las casas y calles reinan el silencio y la calma.
Vemos a los que van al mercado, comen de día, duermen de noche, a los que dicen naderías, se casan, envejecen, llevan tranquilamente a sus muertos al cementerio; pero no vemos ni oímos a los que sufren y lo más terrible de la vida sucede entre bastidores. Todo está en calma y en silencio, sólo protesta la muda estadística, tantos locos, tantos cubos de vodka bebidos, tantos niños muertos de hambre…
Probablemente ese orden es necesario; probablemente las personas felices se sienten bien sólo porque los desdichados llevan su carga en silencio; sin ese silencio, la felicidad sería imposible. Es una hipnosis colectiva. Detrás de la puerta de toda persona satisfecha y feliz debería haber alguien con un martillo que le recordara en todo momento con sus golpes que hay personas desdichadas, que, por muy feliz que uno sea, la vida le enseñará sus garras más tarde o más temprano, que le sobrevendrá alguna desgracia –enfermedad, pobreza, pérdida– y que nadie lo verá ni lo irá, de la misma manera que él ahora no ve ni oye a los otros. Pero el hombre del martillo no existe, el individuo feliz vive libre de cuidados, las menudas preocupaciones de la vida le agitan tan poco como el viento los álamos, y toda va a las mil maravillas. […] Apelan ustedes al orden natural de las cosas, a la ley de los acontecimientos, pero ¿existen un orden y una ley que obliguen a un hombre vivo y pensante como yo a quedarse quieto delante de una zanja, esperando a que se cierre por sí misma o se cubra de cieno, cuando tal vez podría saltar por encima o tender un puente?
En una suerte de vuelco rousseauniano, Chéjov piensa que lo maravilloso deja de serlo cuando lo humano se interpone entre el hombre y la naturaleza. La simplicidad de la naturaleza no soporta ni se aviene al mundo artificioso de los hombres, siempre resguardados tras sus máscaras. Por eso, y de ahí, el impulso afilosófico de Chéjov, mal interpretado “Sólo los imbéciles y los charlatanes comprenden y lo saben todo”.
A causa de esta incomprensión, Chéjov siempre permaneció independiente en términos políticos. El deber del escritor no es el de acusar ni mucho menos el de perseguir, sino el de exponer la realidad tal y como se presenta. Una tarea que, a su vez, encierra una tenebrosa faceta, como explica en el Acto II de La gaviota: el escritor emplea su vida en esa mostración, en la manifestación de la vida, mas en tal mostración se da, a la vez, el absurdo de la vida. Y es que, al igual que explica Virginia Woolf en su relato “La velada”, el lenguaje se convierte a menudo en una red por la que escapan los más importantes detalles. Además, como apuntaría Unamuno, el lenguaje puede traicionarnos. Así, escribe Chéjov en “Enemigos”:
Una frase, por muy hermosa y profunda que sea, sólo surte efecto en personas indiferentes, pero no siempre puede satisfacer al hombre feliz o desdichado; por esa razón, la mayoría de las veces la expresión más sublime de felicidad o desdicha consiste en el silencio; los enamorados se comprenden mejor cuando callan y un discurso arrebatado y apasionado, pronunciado al pie de una tumba, sólo conmueve a los extraños, mientras a la viuda y a los hijos del difunto se les antoja frío e intrascendente.

Retrato de joven
Por eso, recordamos, la importancia de la concentración, de la condensación y de la escasa prolijidad de datos que Chéjov pone sobre la mesa en sus creaciones. La vida transcurre por sí misma y no es necesario adulterarla ni aderezarla. La impronta filosófica de los relatos de Chéjov no está, pues, en la acción, sino en lo que ésta connota. El tiempo se nos escapa, como arena entre las manos, y la vida consiste en ese mismo transcurrir, tan etéreo pero tan real. Chéjov captura ese tránsito existencial en momentos puntuales, como si la densidad y la hondura de la vida que se nos arrebata se esculpiera en puntos determinados del tiempo, de la vida, perfectamente delimitables. Mas este “punto” puede ser cualquiera, pues lo fundamental en Chéjov es la ausencia de toda salida a la fuerza de la vida: nos vemos obligados a vivir. En nuestra existencia, así como en los cuentos de Chéjov, no hay desenlaces posibles. Él es, como ningún otro, el retratista de lo trágico en las pequeñas cosas.
La felicidad en Chéjov siempre se encuentra bien en el paso del tiempo cuando éste marcha indolente, en el pasado idealizado o en un mundo trascendente, no existe posible redención, o al menos no existe redención definitiva, pues la existencia misma carece de lógica sólo la que, con el fin de subsistir, erigimos nosotros mismos. En conclusión: en Chéjov la vida nos vive, somos vividos, y en ella el dolor y el hastío parecen los motores que constituyen su movimiento. Sólo cabe una posible vía la esperanza en el descanso. Como leemos en El tío Vania,
"¿Qué hacer? ¡Hay que vivir! Nosotros, tío Vania, seguiremos viviendo. Viviremos una larga serie de días, veladas interminables; soportaremos pacientemente las pruebas que nos envíe el destino; continuaremos trabajando para los otros, hoy y cuando seamos viejos, sin descanso; cuando nos llegue la hora, moriremos resignados y más allá de la tumba diremos que hemos sufrido, que hemos llorado, que la vida nos ha sido muy amarga. Dios se compadecerá de nosotros y entonces, tío, mi querido tío, veremos una vida luminosa, bella, encantadora; entonces nos sentiremos contentos, miraremos nuestras desdichas de hoy con una sonrisa emocionada y descansaremos. Yo creo, tío, yo creo ardiente, apasionadamente… ¡Descansaremos! Oiremos a los ángeles, veremos el cielo cubierto de diamantes, veremos cómo todo el mal de la tierra, todos nuestros sufrimientos, quedan ahogados en la misericordia que llenará el universo, y nuestra vida será tranquila, tierna, dulce como una caricia". Me recuerda al cura de S Manuel, bueno y martir de Unamuno.
Nadie mejor que Chéjov ha representado el fracaso de la naturaleza humana en la civilización actual, y más especialmente el fracaso del hombre culto ante lo concreto de la vida cotidiana. Kropotkin.
Pintura de C D Friedrich y Homeless, de Kennington
Enlace F A y P
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2febrero19


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