No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que se pueda imponer a la libertad de mi mente
Virginia Woolf

”A Dark Pool’ 1908 – 1918. Dame Laura Knight, R.A., R.W.S. (1877-1970)
La sensación de que la primera hora de cada mañana es algo tan dulce y calmo como el suave golpe de una ola, unida al presentimiento casi permanente de que algo horroroso está siempre a punto de ocurrir
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Las Olas, (Traducción por Lenka Franulic)
El sol no había nacido todavía. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil
pliegues ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que
una palidez se extendía por el cielo, una franja sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la
inmensa tela gris se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie, siguiéndose una a
otra persiguiéndose en un ritmo sin fin.
Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba y se rompía arrojando
sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente,
suspirando como una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente. Poco a poco, la
franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una
vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo translúcido,
cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido o cual si el brazo de una mujer tendida debajo del
horizonte hubiera alzado una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el
cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó más alto su lámpara y el aire
pareció dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras
amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a poco las fibras se
fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo
transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo
gradualmente transparencia y yació ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras
desaparecieron casi totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más, lentamente, se
alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardió en el borde
del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro

No voy a hacer introspección alguna. Me repito la frase de Henry James: Observar incansablemente. Observar los síntomas de la vejez que se acerca. Observar la codicia. Observar mi propio abatimiento. Con ese método, todo eso se vuelve útil. Insisto en aprovechar esta época de la mejor manera posible. Me hundiré con todas mis banderas desplegadas
Interior with a Table' 1921. Vanessa Bell 1879-1961.
Nadie sospechó, aquel 25 de enero de 1882, que Virginia Woolf había nacido para ahogarse. Nadie supo entonces que, con ella, todas nos ahogaríamos un poco, pero también que gracias a ella nos salvaríamos de ahogarnos. Sonrió a los que la vieron pasear entre los árboles aquella mañana de marzo. Llevaba un abrigo muy largo cuando escribió dos notas breves (una para Vanessa, otra para Leonard) en su pequeño cuaderno. Nadie previó que, antes de llenar de piedras sus bolsillos y hundirse en el río Ouse, Virginia escribiría algunos libros que cambiarían el curso de la literatura para siempre y que (algo más importante todavía) transformarían a todas sus lectoras, dejándonos como herencia una escalera muy grande y una lupa. Gracias a ella alcanzamos la altura necesaria para perder el miedo. Gracias a ella pudimos ver las cosas diminutas, invisibles con las que tropezaban nuestros pasos. Como a menudo ocurre con las grandes escritoras en cuyas biografías hubo desde el principio algo torcido (pienso en el miedo atroz a los otros de Emily Dickinson, en las depresiones recurrentes de Sylvia Plath o en las estancias en el psiquiátrico de Alejandra Pizarnik), cuando se habla de ella casi siempre se recalcan las palabras depresión, enfermedad, locura. Pero nunca se explican las razones de esa incomodidad profunda, de esa continua sensación de estar desencajada. ¿Cómo no palidecer cuando el lugar que ocupas jamás se representa, cuando siempre estás fuera de los mapas? ¿Cómo no revolverte cuando habitas un mundo que no te pertenece? ¿Cómo ser mujer en una realidad hecha por unos pocos hombres que tan sólo pensaron en otros pocos hombres mientras levantaban sus bastones de mando o se subían a los púlpitos de sus iglesias, sin mirar a los ojos a quien guisaba en sus cocinas? Cómo, además, no volverte loca, si pudiste entreabrir una puerta y asomar la cabeza a los sitios prohibidos, si tuviste la suerte de leer los libros que estaban reservados para ellos, de comprar un puñado de hojas y algo de tinta, de conseguir el tiempo y el espacio necesarios para escribir; si lograste publicar, incluso, mientras las manos de las demás se llenaban de surcos, sabiendo que todas tus hermanas se agrietaban por dentro. Cómo no llenar tus bolsillos de piedras y hundirte en el río Ouse si cada palabra tuya era sistemáticamente cuestionada, cada mínima rebelión desaprobada, cuando ellos escupían en cada una de tus pequeñas conquistas y podías intuir ya que 100 años después de escribir lo que escribiste las cosas seguirían prácticamente como estaban. Virginia, lo raro no es que tú te ahogases. Lo raro es que nosotras no te hayamos seguido. Y, si resistimos desde entonces y desde entonces luchamos, es, en gran parte, gracias a todo lo que tú nos legaste: a tu escalera, a tu lupa, a tu palabra
j GoIz
23 febrero 2018
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