Quitad de los corazones el amor por lo bello, y habréis quitado todo el encanto a la vida Jean Jacques Rousseau

Este artículo revisa algunos aspectos del binomio belleza-eternidad en la poética de Jorge Luis Borges, a partir de su relación con la filosofía del arte en Arthur Schopenhauer. Se analiza así la relación entre poesía y saber desarrollada por el filósofo pesimista y recogida por Borges, J A Escareño

El mundo es una representación de la realidad empírica que se da en el entendimiento, en cada entendimiento, el mundo es mi representación, decía A Sch.
El sistema de Schopenhauer es una inmensa y cabal metáfora que nos permite conocer el mundo con las lentes del filósofo a través de la escritura de un literato. "El espíritu es eterno en tanto que sea capaz de percibir las cosas desde el punto de vista de la eternidad".
El debate sobre sabiduría y poesía es antiguo, baste recordar que el inicio de la contienda da también origen a la filosofía propiamente dicha, que nace ya en oposición a la sabiduría poética, tal como se recoge en los Diálogos, de Platón, aunque tampoco ahí, en su inicio, el deslinde entre filosofía y poesía es sencillo. En el Fedro la poesía es una forma de divina locura un o de los mayores bienes de los hombres, mientras que en La República, el poeta es un agente pernicioso para la polis. Borges en su calidad de poeta, nos enseña que la poesía piensa y que tiene su verdad, desliza además la idea de que la filosofía puede ser una disimulada modalidad de la ficción, la filosofía, esa vertiente del pensamiento, no es sino una indigente rama de la literatura fantástica. Si la filosofía es una rama de la literatura fantástica, esta condición tiene algunas excepciones, cuando menos respecto del pensamiento de Schopenhauer, así lo declara en El Hacedor Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho, pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer
El pensamiento de Schopenhauer, está contenido en su temprana obra central El mundo como voluntad y representación (1819), como el mismo Borges señala en el poema “El pasado” recogido en El oro de los tigres , Schopenhauer encuentra con precocidad la clave de su filosofía: “el joven Schopenhauer, que descubre el plano general del universo”

"El pasado", de Jorge Luis Borges
Todo era fácil, nos parece ahora,
En el plástico ayer irrevocable:
Sócrates que apurada la cicuta,
Discurre sobre el alma y su camino
Mientras la muerte azul le va subiendo
Desde los pies helados; la implacable
Espada que retumba en la balanza;
Roma, que impone el numeroso hexámetro
Al obstinado mármol de esa lengua
Que manejamos hoy despedazada;
Los piratas de Hengist que atraviesan
A remo el temerario Mar del Norte
Y con las fuertes manos y el coraje
Fundan un reino que será el Imperio;
El rey sajón que ofrece al rey noruego
Los siete pies de tierra y que ejecuta,
Antes que el sol decline, la promesa
En la batalla de hombres; los jinetes
Del desierto, que cubren el Oriente
Y amenazan las cúpulas de Rusia;
Un persa que refiere la primera
De las Mil y Una Noches y no sabe
Que inicia un libro que los largos siglos
De las generaciones ulteriores
No entregarán al silencioso olvido;
Snorri que salva en su perdida Thule,
A la luz de crepúsculos morosos
O en la noche propicia a la memoria,
Las letras y los dioses de Germania;
El joven Schopenhauer, que descubre
El plano general del universo;
Whitman, que en una redacción de Brooklin,
Entre el olor a tinta y a tabaco,
Toma y no dice a nadie la infinita
Resolución de ser todos los hombres
Y de escribir un libro que sea todos;
Arredondo, que mata a Idiarte Borda
En la mañana de Montevideo
Y se da a la justicia declarando
Que ha obrado solo y que no tiene cómplices;
El soldado que muere en Normandía,
El soldado que muere en Galilea
Esas cosas pudieron no haber sido.
Casi no fueron. Las imaginamos
En un fatal ayer inevitable.
No hay otro tiempo que el ahora, este ápice
Del ya será y del fue, de aquel instante
En que la gota cae en la clepsidra.
El ilusorio ayer es un recinto
De figuras inmóviles de cera
O de reminiscencias literarias
Que el tiempo irá perdiendo en sus espejos.
Erico el Rojo, Carlos Doce, Breno
Y esa tarde inasible que fue tuya
Son en su eternidad, no en la memoria.
De El oro de los tigres, 1972

Las claves del pesimismo son unas cuantas, desarrolladas con riqueza de ejemplos, especialmente literarios y artísticos, en los que se describe este plano general del universo, que al mismo tiempo es doble y es único. Mundo que es voluntad y representación. La representación está sujeta al tiempo, no así la voluntad. La voluntad, impulso ciego que habita cada cosa, es el régimen mismo de la eternidad, la voluntad puede observarse en lo temporal, pues lo constituye, pero la voluntad misma es independiente del tiempo. Este análisis de la representación schopenhaueriana nos lleva a considerar el espacio y el tiempo componentes ya de lo que Kant llama estética trascendental en su Crítica de la razón pura, entendiendo por tal estética trascendental la forma general bajo la cual nuestros sentidos perciben el mundo, binomio que conforma la naturaleza básica del conocimiento sensible ,según Kant.
Para Schopenhauer, el tiempo y el espacio, junto con la causalidad , componen el principio de razón. La representación nos dice qué es el mundo cuando es para un sujeto, ello la determina radicalmente. El tiempo, el espacio y la causalidad son entonces aspectos y por tanto son subjetivos. Como la conciencia misma, los aspectos del mundo no existen afuera del cerebro. Dicho apresuradamente, el tiempo no existe en sí mismo, es una mera consideración. Observar el mundo más allá del tiempo es para Schopenhauer la verdadera potencia del conocer, pues sólo se conoce lo que el mundo realmente es más allá de la apariencia la conciencia puede levantarse por encima del tiempo, así, el tiempo es un elemento de la razón representativa, la sucesión. Este mundo como representación sólo existe para el entendimiento, al igual que sólo existe por el entendimiento Sch...La voluntad es aquello que existe independiente de la subjetividad, constituyendo la representación desde el afuera de la representación, es la cosa en sí del mundo, el impulso ciego que habita el corazón de cada cosa ímpetu vital, le gusta citar a Borges y al cual tenemos acceso sin ningún intermediario, pues la voluntad es el nombre que recibe la unidad de las apetencias, ya sean nutritivas, sexuales, mundanas, ya se trate del anhelo de preponderar sobre otros individuos y especies, pero también cuando se trata del ímpetu trascendente el deseo de permanencia, más allá de la muerte, del individuo. Se incluye así el apetito de eternidad que se encuentra tan patentemente inscrito en la especie humana vista la especie como correlato carnal y múltiple, o mejor dicho, numérico, de la idea de hombre, así, la apetencia es de eternidad, pero también es la eternidad es fruto del deseo, el estilo del deseo es la eternidad escribe Borges de alguna manera, podríamos intuir que el estilo del deseo está en infinitivo y carece de persona, como la voluntad de Schopenhauer, como el deseo al que alude Borges, no tienen sujeto, pero todo es sujeto de la voluntad, la voluntad no está contenida por el tiempo, pero todo el tiempo está contenido en la representación. Para Platón la experiencia de la verdad es una especie de anamnesia. El alma, que ya lo ha visto todo, pues es inmortal y eterna, recuerda desde el olvidadizo ámbito de la carne, la esencia eterna de las cosas, las ideas o arquetipos. De esta guisa, la tarea del filósofo es la de recordar, por medio de una disciplina anamnética, aquello que las cosas son en esencia. Frente a las ideas, las cosas de este mundo son meras copias, carentes del verdadero ser, de ahí que las criaturas sujetas al tiempo aparezcan y desaparezcan incesantemente, sin llegar propiamente a ser. Arthur Schopenhauer resume así, al comienzo del libro tercero de El mundo como voluntad y representación, la significación de las ideas platónicas, lo único que puede ser llamado verdaderamente ser, porque siempre es, pero nunca deviene ni desaparece, son los originales reales de esas siluetas, que son las ideas eternas, las formas primitivas de las cosas. Recuperando a Platón, Schopenhauer practica una operación de trascendente importancia, que sin embargo lo aleja del platonismo, el asunto de la esencia de las cosas no compete más a la filosofía, sino que se trata de una experiencia artística, la contemplación, que consiste en observar a los objetos fuera del principio de razón. Apertura de la visión, del pensamiento más allá del concepto, el arte nos eleva respecto de las determinaciones del intelecto racional, en el arte se ve lo que está ahí más allá del principio de razón, la cifra eterna de las criaturas sujetas al devenir y a la ingente pluralidad. La contemplación es la operación por medio del cual el artista suspende el tiempo, detiene el mundo, aislando un objeto o una situación de sus referentes cronológicos y más allá de la determinación diacrónica, las visiones del arte nos emplazarían sincrónicamente con sus representaciones. Abolición del tiempo que nos permitiría ver que Hamlet o Edipo contienen la idea y con ella, la esencia más real del hombre. El arte nos deja ver así la primitiva y constante forma de lo humano. La forma primitiva el arquetipo—no es sin embargo ubicable al inicio del tiempo, sino, con toda propiedad, fuera del tiempo, mostrando el origen atemporal de lo que sucede en el tiempo. Fuera del tiempo, puesto que en el arte se contemplan más allá de la ilusión diacrónica. Así, la visión de esa atemporalidad que radica en cada cosa es la belleza, regresando a la fórmula schopenhaueriana, tenemos que la eternidad es el objeto del arte y que la belleza es la visión de la eternidad, este tema del tiempo y la eternidad es una de las ocupaciones constantes en la obra de Borges, sus pormenores son abundantes y complejos, y han sido abordados en repetidas ocasiones, sin embargo, podemos defender que existe un nexo constante con las ideas de Schopenhauer, sobre todo si recuperamos la doctrina de una cierta eternidad intramundana y, para incurrir en un oxímoron, mortal. Esa idea de eternidad permite a Borges pasar de la inmóvil eternidad de Platón y Plotino descrita en Historia de la eternidad, a la idea de una eternidad vislumbrada en la fugacidad del mundo, la verde eternidad que sostiene la apuesta de Arte poética poema contenido en el Hacedor :

Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios.
Tenemos entonces la eternidad desdoblada por el deseo. Eternidad metafísica , propia del concepto y la teologia, y la eternidad temporal afín a la contemplación estética, producto de ese instante poético en que la detención y el movimiento se confunden. El signo de la eternidad es transmutado así en poesía, gracias al oxímoron, a esa forma de pensamiento ensoñante que Borges consideraba como la clave de toda la poesía y aquello que marca su distinción del pensamiento lógico, del conocimiento puro frente a la sabiduría mixta. En álgebra, el signo más y el signo menos se excluyen, en literatura, los contrarios se hermanan e imponen a la conciencia una sensación mixta, pero no menos verdadera que las demás Podríamos decir que para Borges hay dos tipos de eternidad, la eternidad del pensamiento diurno, a la que llamaremos, con la ayuda Schopenhauer, eternidad exotérica sujeta al concepto y la eternidad de la poesía-sueño, a la que llamaremos eternidad esotérica sujeta al oxímoron. La eternidad exotérica sería aquella que para B es una de las más hermosas invenciones del hombre y la resume como la cifra total de los tres tiempos. La eternidad es la suma de todos nuestros ayeres, todo los ayeres de todos los seres conscientes. Todo el pasado, ese pasado que no se sabe cuándo empezó. Y luego, todo el presente. Este momento presente que abarca todas las ciudades, todos los mundos, el espacio entre los planetas. Y luego, el porvenir. El porvenir, que no ha sido creado aún, pero que también existe . Podríamos suponer que esta visión de la eternidad es numérica, pertenece al principio de razón, es decir a la trabazón causal del tiempo. Borges advierte que se trata de los ayeres de todos los seres conscientes, puesto que asume, como Schopenhauer, que el tiempo es un fenómeno de la conciencia. Hay sin embargo en Borges esa otra eternidad, la esotérica, que aparece en los fenómenos nocturnos del sueño y la poesía. Se trata en la esotérica, de una eternidad intramundana. Un lugar de este mundo donde no pasa el tiempo, y que comparece en ese tipo de pensamiento onírico y poético. La idea de eternidad ultramundana, donde no pasa el tiempo, es para Borges un intento más de refutar el tiempo. También el tiempo entendido como cronología, como medida artificial del devenir es ya una forma de refutar el tiempo y su arquetipo. De ese modo lo señala en el poema
El otro, el mismo:
El presente está sólo. La memoria erige el tiempo. Sucesión y engaño es la rutina del reloj. El año no es menos vano que la vana historia. Entre el alba y la noche hay un abismo de agonías, de luces, de cuidados; el rostro que se mira en los gastados espejos de la noche no es el mismo. El hoy fugaz es tenue y es eterno, otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.
El arquetipo del tiempo es el presente, un presente incesante en el que todas las cosas se renuevan. La cifra de la eternidad esotérica es el instante, grado eterno del presente. Frente al infinito del tiempo, la cifra del espacio es el laberinto, otro trasunto de la representación en irrepresentable conjunto. El laberinto es la eternidad del espacio, si algo así puede ser dicho. Por ello el tiempo se revela como un laberinto de fracciones en las que se pierde la noción normal de su paso y por la que confluyen los decursos de la más larga y la más corta duración. También por ello el laberinto es la metáfora que condensa la visión del mundo-representación en Borges. El laberinto es la imagen que designa el abismal problema del curso temporal y el elemento designado por ausencia en la metáfora del laberinto espacial: el tiempo. El símbolo del laberinto designa esa confusión progresiva entre el universo y uno de sus detalles uno de sus alephs, el universo resulta así una monstruosa acumulación de fragmentos que contienen al todo. Así, junto al relato de El Aleph, el laberinto del tiempo cósmico se desdobla infinitamente en el laberinto del microcosmos humano, laberinto de tiempo eterno donde un hombre inmortal muere a cada instante. Hay una eternidad, como la postulada por Plotino que no tolera la repetición y el pleonasmo. Es el inmóvil y terrible museo de los arquetipos platónicos. Los arquetipos son causas de las causas, es decir, las ideas, causas primordiales o ideas, que pueblan y componen la eternidad La eternidad de Borges no es una inmóvil estación de los ejemplos del ser. El arquetipo no significa para él la eternidad atemporal del tigre, sino su juventud inmortal su lozanía y frescura, tal y como quería Schopenhauer en su doctrina de la indestructibilidad. Por medio de ella, el filósofo intenta hacer comprender a sus lectores, que la esencia misma de la vida y del mundo es eterna. Así Schopenhauer nos dirá que nuestra esencia es el principio mismo de la vida, y dicho principio es eterno, inmune a la devastación de nuestros caracteres individuales, dicho principio se encuentra de manera completa, al mismo tiempo, en la especie y en el individuo, pues la comprensión del carácter indestructible de nuestro ser coincide con la de la identidad del macrocosmos y el microcosmos Inmortalidad de la vida, finitud del individuo. El estatuto ontológico de los seres queda entonces, como en Schopenhauer, rarificado. No se expresa algo diferente el poema Amanecer, Y ya que las ideas / no son eternas como el mármol sino inmortales como un bosque o un río Se trata de la eternidad temporal.
Para Schopenhauer, la visión de la eternidad es la misma de la belleza, para Borges, en cada cosa en que es revelada la eternidad sobreviene la poesía. La contemplación de la verde eternidad es la experiencia de la belleza. La belleza es producto de la revelación en el tiempo, de lo atemporal, las cosas y las situaciones que revelan la eternidad intramundana. Así, Borges piensa que la belleza es una ocasión, y que la poesía, como la belleza, es un pasaje. Una ocasión, La idea de belleza es para Borges similar a la verdad griega, o mejor dicho, a la verdad platónica. La verdad griega es la aletheia, entendida como privación del olvido, según la mitología expuesta en el Fedro y en La república. La verdad y la belleza son ambas formas del desolvido. La poesía es una forma de desolvidar la belleza. O al revés, la belleza es una forma de desolvidar la poesía, ese otro pensar. Pero en principio, la poesía es una forma de desolvidar la eternidad, como afirma en el poema
La dicha de Borges
El que abraza a una mujer es Adán. La mujer es Eva.
Todo sucede por primera vez.
He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la
luna, pero qué puedo hacer con una palabra y con una mitología.
Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.
Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.
Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen.
Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.
El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego.
En el espejo hay otro que acecha.
El que mira el mar ve a Inglaterra.
El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado la espada y la balanza.
Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída,
pero los dos se entregan.
Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno.
El que desciende a un río desciende al Ganges.
El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.
El que juega con un puñal presagia la muerte de César.
El que duerme es todos los hombres.
En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar.
Nada hay tan antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.
Así pues en el poema, el lenguaje subvierte su condición temporal, su naturaleza diacrónica, gracias al pensar poético lo que está en el tiempo, la conciencia, sujeta al principio de razón, se remonta al principio del tiempo, arquetipo del tiempo que ahora es el instante, ocasión en que se contempla esa primera vez, en la que está sucediendo todo, he aquí entonces la gran coincidencia entre Schopenhauer y Borges, que reúnen, bajo el signo de la contemplación de la belleza, la visión de la eternidad, ocasión de un saber más allá del concepto.
J A Escareño
La belleza hace feliz quien puede amarla y adorarla
j GoIz
29ago2018
Imágenes de P Gauguin
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