sábado, 8 de septiembre de 2018

Alabanza a las pequeñas cosas

Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones-Macel Proust

Sin palabras, me acoge el atardecer...y elogio 
esas pequeñas cosas…que nos rodean, de aprender a verlas, de aprobarlas..., y de respeto total a su pertenencia originaria. 
Tiempo adentro 

La tarde va cayendo. Lejos el campo 
en vago resplandor malva ocre, que casi no lo es. 
Allí está el horizonte 
donde existe uno siempre viviendo... 
Donde yo estuve vuelve a ser yo estoy. 
Es el mismo atardecer que 
condujo mi infancia. 
La nostalgia sonora de las sendas, 
el milagro 
vuelo de los vencejos en el anochecer 
de agosto, 
con cabriolas imposibles en el cielo. 

Rompen el silencio de aire 
el canto estridente las chicharras. 
Y es mi pueblo de viejas
 tejas soleadas, 
donde los pájaros palpitan pasiones nuevas. 
Es el acceso al infinito 
de los campos amados, 
de encinares y llanos 
cubiertos de cobre dorado, 
donde chaparros indómitos 
se enlazan 
y tronchan las sendas, y el herbazal apiñado 
y las yemas doradas cubren las arroyadas 
...y de un desnudo arco iris 
que muere en el instante. 

Es el sol que espía mientras 
duermen las casas con la memoria, 
entre las grises peñas, 
planas por el calor, 
aturdidas por la soledad. 
Donde en las penumbras 
suaves de los escombros 
se esconden secretos 
de inefables memorias 
...amores olvidados retornan de repente,
mensajes de amor con ausencias de lenguaje, 
nostalgia cálida....y el oscuro prodigio 
de las urracas sobre las ruinas 
donde mi pueblo y sus campos 
me da la acogida de paso. 

Es la soledad de las dehesas 
y el azul cálido, tal vez, 
el silencio o el prodigio 
de una nube malva ocre, que casi no lo es, 
cuando anochece el campo. 
Al fondo, campanarios y nidos. 

Nidos desalojados, mudos 
por la vida y el tiempo 
en los tejados que apenas 
desvencijados asoman 
en una lejanía de horizontes
 sin límite y memoria. 

Fue en este pasado agosto. 
Llegaba de un norte, 
de una meta, de umbrías y de altura, 
de vuelta....me aguardaba 
la vida quieta y el domingo, 
las horas sin tiempo 

los libros subrayados...
 la nostalgia ineludible del retorno 
La verdad bella que asoma
y la recuerdo así. 



Un recuerdo espectral que eternamente sigue...
del que me gustaría no sólo expresar, recordar las cosas, sino hacerlo tal como ellas mismas lo harían si no fueran inmóviles y mudas. 

Esa tarde la dediqué a patear sus despobladas calles 
acompañado por el buen atardecer y todo está como siempre. 
Sólo que el tiempo lo ha colonizado todo. Nada se ha alterado, ni sus casas pálidas ni sus vetustos portalones de madera... Todo está en su sitio, las cigüeñas en la torre más alta de la iglesia, hasta en la propias sombras recuerdo las singulares y plácidas vivencias de hechos memorables que presenció mi niñez primera, mi casa en la esquina de la plaza, la calle mala... del mismo patio de palabras, Y la humedad en los muros viejos, cubiertos por la trepadora hiedra. 
Hay algo que me dice que la vida no es más que un sueño, 
una insignificante nube pasajera. Como todo está en silencio 
mis emociones fortalecieron recuerdos mentales como si de repente hubiera tomado un nootrópico llegaron uno tras otro, en marejada muda. Al aprisco volvía el rebaño de ovejas. Al campanario, a cada son dejaba caer a intervalos regulares 
bandadas de tordos y vencejos que durante un instante daban vueltas chillando como si las viejas piedras que los dejan retozar sin verlos, al parecer se hubieran tornado de pronto inhabitables
Y cuántas veces con este cielo a cuestas que tanto arde 
los vi circular en vuelo, cuántas veces... 
quise alejarme con ellos...cuantas veces me han ganado aquellos días, de poder ir y volver sin perder nada. Recordé La Jara, conté los arboles, pasé frente a la casa del molino, me detuve delante de una tienda... el olor es el mismo. Siempre bajo la misma luna. 
Entre el río de infancia y el de ahora, no encuentro ninguna diferencia. A esta distancia me detengo y siento que me envuelve el sublime olor de las violetas, que mi querida abuela cultivaba en macetas para tratar el catarro y la pena.
Ha pasado tiempo desde entonces
 no sabría asegurarlo con certeza 
cuándo tornaba de vuelta de la escuela. 
Sólo que el tiempo lo ha colapsado 
todo como una súbita y violenta tormenta. 

Sepamos, en dónde estamos y qué nos atrapa y casi determina  pues la palabra construye la realidad, diría la eternidad guiada por las huellas de la memoria
Vemos cómo las cosas llevan cierto sello de eternidad, de todas las pequeñas cosas que quedan en nosotros (Esa tarde, por ej....), de todo aquello que resucita en nosotros invisible, la memoria parece ser dueña de una profunda fidelidad a nuestra vida 
Rilke tiene conceptos que se parecen mucho a esta idea y son señalados en la carta que dirigió a Hulewicz…" Sí, pues es nuestro deber grabarnos en la memoria esta tierra efímera y perecedera, de modo tan profundo, tan doloroso, tan apasionado, que su esencia resucite "invisible" en nosotros. Somos las abejas de lo invisible: nosotros bebemos desesperadamente la miel de lo visible para acumularla en la gran colmena de oro de lo invisible." 

Vemos pues, que para muchos grandes poetas, la memoria no es un sepulcro para recuerdos muertos. El propio Borges ha manifestado que "La inmortalidad está en la memoria de los otros y en la obra que dejamos … Más allá de nuestra muerte corporal queda nuestra memoria." 

j GoIz
8 ago2018 

















































































































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