La serenidad no es estar a salvo de la tormenta, sino encontrar la paz en medio de ella
Filipenses 4:7
Me gusta la tormenta a principios de verano
cuando el trueno tremebundo y relámpagos centellantes
la tonalidad roja del ocaso, allá en la lejanía
se entremezcla con las nubes negras
que parece separar ambas coloraciones...
j GoIz
Cuaderno de apuntes, boceto a la acuarela.
Así es como he visto la belleza esta tarde en el camino, cerca de la costa
j GoIz

Ante una tormenta de verano se produce un panorama atípico y sorprendente en el paisaje de trazos pinceladas sueltas y desflecadas de masas nubosas, de brochazos en tierra en ritmo cambiante destacando la libertad cromática nítida y amarilla de la laderas cercanas
Todo en mí se llena de tonalidades y colores, que, a primera vista , pueden parecer extraños e irreales, impresión que queda desmentida tras una mirada más atenta que difiere entre sí por la forma, colorido y textura
Cada una de ellas sugieren poseer independencia y parecen tener vida propia, y en todas se observa un movimiento, un dinamismo que va in crescendo, desde la suave ondulación de lo cercano hasta la velocísima y vertiginosa parte superior con un cielo cambiante de luces y sombras características de una tormenta de verano

A veces, el destino se parece a una pequeña tormenta que cambia de dirección sin cesar y que aunque tú cambies de rumbo intentando evitarla te sigue a tí y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo, tal vez esa tormenta, en definitiva, seas tú, que se encuentra en tu interior por lo que lo único que puedes hacer es resignarte..., meterte en ella ir cruzándola paso a paso...y aún sin sol, ni luna, ni dirección..., a veces ni siquiera tiempo... imagínate una tormenta como ésta
Beethoven - Sinfonía N° 6 (La Tormenta)
La Belleza como camino de trascendencia
No hay nada más profundo, pues es en la belleza que se revela lo infinito.
La belleza es el infinito manifestándose, lo divino que se conoce a través de la creación, quizás esto no es del todo distinto a la idea budista de la forma es vacuidad, la vacuidad es forma, pues la belleza y el infinito son inseparables, de la misma manera que la vacuidad y la forma lo son, y lo trascendente tiene su ser en lo inmanente, en realidad lo bello, aunque generalmente es una impresión sensorial, puede ser también lo conceptual o imaginativo. La belleza es un evento, un evento similar al evento del desocultamiento de la verdad, aletheia. La belleza es un regalo, una dádiva, la gracia misma, que es la manifestación de la divinidad Se trata de un nimbo invisible de completa gratuidad... un regalo inesperado e innecesario, aunque maravillosamente adecuado
del movimiento gratuito revelatorio de algo que, de otra manera oculto, no tiene la necesidad de revelarse o entregarse a sí mismo. Hay algo numinoso y casi milagroso en la belleza, que es el esplendor de algo que no tiene razón instrumental, como dijera Wittgenstein, lo mágico no es cómo es el mundo, sino que sea.
Asombro ante la mera presencia del mundo, es un asombro que yace siempre debajo de la superficie de nuestra conciencia ordinaria, no es sólo en las artes que la encontramos sino en nuestra experiencia de la realidad, pero generalmente somos olvidadizos.
Es una forma de anamnesis, en el sentido platónico, que nos permite recordar, dentro de nuestra existencia finita, la presencia de una misteriosa vida infinita, su mostrarse es también siempre un ocultar algo más, algo que los sentidos no pueden agotar pero que, como si fuere, destella en lo que se revela con la luz de lo trascendente, de lo que permanece oculto por ser infinito, la belleza es siempre seducción divina, nos sacude de nuestra amnesia habitual de olvidar el asombro del ser, nos otorga una cualidad despierta privilegiada en lugar de la cualidad alicaída de nuestra conciencia ordinaria, nos recuerda esa plenitud del ser que, excediendo por mucho el momento de su revelarse, gratamente condesciende a mostrarse una y otra vez, la infinitud de un evento de una mera instancia. En esta experiencia se nos da un vislumbre, con una sensación de asombro que por un momento restaura una condición de inocencia, de vaciamiento del ser, en los seres. La autodifusión de Dios en su finitud en forma de un esclavo... la fuente inagotable que se derrama a sí misma en la grácil espontaneidad de la creación, si es que tenemos ojos para ver, oídos para oír.
El infinito brilla en los detalles de la creación, que quien ha afinado su percepción será capaz de percibir en todo los eventos, aparentemente comunes y corrientes, el brote efervescente de la divinidad, siendo el mundo nada menos que el torrente en el que Dios se da a sí mismo pero hay un componente que puede parecer dualista desde nuestra perspectiva, la manifestación es siempre alienación en el mundo a la vez que es también expresión en la revelación, la belleza es un hechizante recordatorio de algo perdido y una anticipación de algo que será encontrado más allá de los límites de esta tierra, experimentamos el mundo como caída, separación y extravío, pero esa caída es la manifestación de un deleite infinito, si tenemos ojos para ver, oídos para oír.
El infinito se muestra a sí mismo en la finitud enteramente en la forma de un regalo libre y espontáneo, uno que no requiere que la divinidad se separe de la naturaleza divina, en cambio, es una perfecta y grata expresión de esa naturaleza, pues Dios siempre ya es el acto infinito de su auto advertirse, la belleza que es también amor que se da a sí mismo.
Así entonces, lo que sentimos cuando percibimos algo bello puede ser la intimación de algo eterno. Por eso Dostoyevski se atrevió a afirmar que la belleza salvaría al mundo... Si tan sólo pudiéramos mantener fresca la noción de que, cuando nos encontramos con la belleza, nos estamos encontrando con algo infinito y trascendente.
j GoIz
24 julio2018
15 et.


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